Natividad del Señor: "Y la luz brilla en la tiniebla"
Y la luz brilla en la tiniebla. Quizás no nos hemos dado cuenta aún, pero todo aquél que se topa con Dios o quien hace de mensajero, no se queda quieto, en seguida se pone en camino. El ángel se presenta a María y ella acoge su voluntad y se pone en camino a ver a su prima Isabel. Ésta al escuchar a María, nota cómo el fruto de su vientre salta de alegría y se pone en camino, la acoge en su casa. El ángel se presenta a san José en sueños y éste acepta la voluntad de Dios y se pone en camino acogiendo a María como mujer. El ángel se presenta a los pastores anunciando que ha nacido el Salvador, y estos se ponen en camino para adorarlo. Los magos de Oriente ven la estrella en el cielo y se ponen en camino para encontrarse con Él, con el Salvador.
Pero a veces somos como los posaderos de Belén, no le damos cobijo. Estamos tan ocupados en nuestras cosas, en nuestras historias, en nuestros quehaceres, en nuestros quebraderos de cabeza... que no queremos a nadie más molestándonos: "No hay sitio para nadie más en mi casa, lo siento, búscate otro lugar". Familiares, amigos, compañeros, vecinos... que acuden a nosotros pidiendo ayuda, compartiendo sus dificultades... y no tenemos tiempo para ellos.
Pero todavía estás a tiempo. Como los primeros personajes que te he presentado, levántate y ponte en camino. No dejes que pase más el tiempo, ¡aprovéchalo! Dale cobijo, ¡que ha nacido Jesús! ¡El mismo Dios! Un Dios que se ha hecho extremadamente humano, extremadamente ternura, extremadamente humildad... Un Dios que ha sabido ser hombre de verdad para poder ser la luz de toda la humanidad.
Lectura del santo evangelio según san Juan (1,1-18):
En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio d él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.
En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.
Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.
Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne,
ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.




